La obediencia es una lucha que cada madre tiene con su hijo en algún momento de su vida. Nosotras como madres le decimos a nuestros hijos lo que es permitido y lo que no es permitido porque hemos vivido más que ellos y conocemos los resultados de no seguir lo indicado; pero más que eso, nosotras los amamos y nuestro amor nos lleva a protegerlos de todo peligro. Un día, cuando eramos pequeñas mi hermana y yo, no encontré a mi hermana al salir de la escuela. Se supone que si ella, que sólo tenía 4 años, salía antes que yo, que tenía seis años, ella me esperara (yo soy la mayor). No encontré a mi hermana por ningún lugar. Le pregunté a su maestra, a sus amigas y nada. Nadie la había visto. La escuela llamó a mi mamá a su trabajo y ella por poco se muere. Fuimos a casa a ver si ella estaba allí. Y a los pocos minutos de haber llegado a la casa aparece mi hermana feliz y sonriente. Ella había salido temprano de la escuela y se había ido con una amiga a su casa. Mi madre, que estaba desesperada, le dió sus nalgadas. Y entre los golpes que le daba, la abrazaba y a todo esto los gritos y las lágrimas. Esa escena nunca se me olvidará. Nosotras no entendíamos por qué mi mamá actuaba así, pero sabíamos que nos amaba y que alguna razón tendría.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos una narración sobre la persecución contra los apóstoles y su obediencia al Espíritu Santo:

Entonces, el sumo sacerdote y todos los de su partido, es decir, el grupo de los saduceos, llenos de rabia detuvieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero el ángel del Señor abrió por la noche la puerta de la cárcel, los sacó y les dijo: «Vayan, preséntense en el templo y anuncien al pueblo todo lo referente a este estilo de vida.» Dóciles a este mandato, entraron de madrugada en el templo y se pusieron a enseñar… Entonces el jefe de la guardia fue con sus hombres y trajo a los apóstoles, aunque sin violencia, pues temían que el pueblo los apedreara. Los hicieron entrar para que comparecieran ante el Consejo de Ancianos, y el sumo sacerdote les preguntó: «¿No les prohibimos terminantemente enseñar en nombre de ése? Y sin embargo han llenado Jerusalén con sus enseñanzas y además quieren hacernos responsables de la muerte de ese hombre.» Pedro y los apóstoles respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de obtener el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto.»  Hechos 5.17-21a,26-32

Los apóstoles obedecieron a Dios, no por miedo, sino por amor y confianza. Ellos tenían una obediencia como la de un niño a su padre. Una obediencia llena de amor porque su Dios no era capaz de defraudarlos. Un obediencia que no cuestionaba ni dudaba, sin quejas. Cuando se les apareció el ángel en la cárcel, le dijo que se fueran a anunciar a Dios a todos. Esa petición de seguro que le iba a causar problemas porque acababan de ser encarcelados precisamente por eso; pero, sin quejas, sin dudas, obedecieron el mandato que recibieron.

Obediencia a la Palabra de Dios

Muchas veces luchamos contra la Iglesia porque no permite esto o lo otro, pero la Iglesia la estableció Dios. Es allí donde Él habita. Es la Iglesia que Él ha protegido por tantos siglos. La Iglesia actúa como nuestra madre y nos ayuda a entender la Palabra de Dios. No es porque quiere castigarnos. Lo hace porque nos ama y quiere llevarnos de la mano hacia Dios. Quiere protegernos y guiarnos hacia la santidad. La Palabra de Dios no siempre es fácil de entender y muchas veces queremos moldear la interpretación de la misma a nuestra ventaja. La Iglesia nos ayuda a interpretarla como Dios le ha enseñado. No es que no podemos leer la Biblia. Al contrario, debemos leer la Palabra de Dios, pero a la luz de lo que nos enseña la Iglesia, nuestra madre, para que no caigamos en herejías y malas interpretaciones.

Obediencia Interior al Espíritu Santo

Además de obedecer a Dios por medio de su Palabra, la Iglesia y sus autoridades, debemos también tener una obediencia interior al Espíritu Santo. Debemos pedirle la gracia de la obediencia para poder entender qué es lo que nos pide. Cuando prestamos atención, el Espíritu Santo nos inspira, nos habla. Para cada persona, esta experiencia es diferente. Cada una sentimos la presencia del Espíritu Santo de diferentes maneras. Para poder escuchar y, finalmente, obedecer al Espíritu Santo, es importante reconocer su voz, de la manera única que Él te habla.

Obediencia a los Eventos de la Vida

También es importante obedecerle en los eventos de nuestra vida. Confiar en la providencia de Dios Padre y aceptar con un corazón agradecido lo bueno y lo malo que nos pasa.  No es con una actitud fatalista de que me quedo de brazos caídos y se lo entrego a Dios. No, así no. Debemos cambiar y mejorar todo lo que está en nuestras manos, a nuestro alcance. Si estoy enferma, voy al médico, me tomo las pastillas que me receta, me hago los análisis que me pide y hago los cambios pertinentes. Yo soy hija de Dios. Mi cuerpo es su templo. Yo tengo el deber de cuidarlo en vida. Mis hijos son bendiciones que Dios me ha dado. Yo tengo la responsabilidad de cuidarlos y protegerlos. Dios me concedió la gracia de la maternidad y no lo voy a defraudar.

Obedecer a Dios en los eventos de mi vida también es reconocer que no siempre tengo el control; que la enfermedad llega a pesar de ser hija de Dios y apesar de cuidarme; que mis hijos se descarriaron de Dios a pesar de mis esfuerzos. Obedecer a Dios es saber, sin lugar a dudas, que Él sacará provecho de todo lo que me suceda. Es obedecerle aunque no entienda lo que sucede. Obedecerle es reconocer y aceptar que muchas veces yo tengo que soltar las riendas y darle el control a Él. Y así, yo creceré. Mi relación con Dios crecerá, se profundizará, porque he aceptado al Espíritu Santo y le he dado el control de mi vida. He aceptado que la vida no es un plato de comida que puedo comerme lo que me gusta y dejar lo que no quiero. Lo acepto todo porque la realidad es que yo no sé lo que es bueno para mi vida y lo que es malo.

Si queremos invocar la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, tenemos que obedecer la Palabra de Dios, la Iglesia y los eventos de nuestra vida. Tenemos que luchar contra el pecado, cambiar lo que podemos cambiar, y aceptar nuestra miseria porque sabemos que Dios, de todo lo bueno y lo malo, hace brotar bendiciones. Dios nos ama a pesar de nuestra inmadurez. Cuando pequeña no entendí la reacción de mi mamá aquel día, pero hoy reconozco que su reacción fue por su gran amor por nosotras. Sé que ella es humana, tiene sus faltas, pero su amor es incondicional. Me imagino cuán grande ha de ser el amor de Dios por mí. Cómo no obedecer a un Dios así.  Te dejo con una cita de Santa Teresa.

Entonces, como en los días de mi niñez, exclamé: «Dios mío, yo lo escojo todo. No quiero ser santa a medias, no me asusta sufrir por ti, sólo me asusta una cosa: conservar mi voluntad. Tómala, ¡pues “yo escojo todo” lo que tú quieres…!» (Historia de un Alma, Manuscrito A, 10r, 10v).

Este es el cuarto artículo en la serie de Ven Espíritu Santo. Si deseas leer los artículos anteriores, aquí te dejo los enlaces.

Ven Espíritu Santo: Orar

Ven Espíritu Santo: Confianza

Ven Espíritu Santo: Humildad

 

 

Pin It on Pinterest

Share This