“¡Quién sabe si no has subido al trono para una ocasión como ésta!” (Ester 4. 14b)

Ester, una joven huérfana que vivía en el exilio con su tío Mardoqueo, es elegida a presentarse al rey Asuero, quien estaba buscando una reina.  Reusar la invitación le podía haber causado la muerte.  Ester mantuvo su procedencia judía en secreto e hizo según se le pedía.  Al ver a Ester, el rey la escogió como su reina.

Un tiempo después, el rey, habiendo sido engañado por uno de sus funcionarios, ordenó matar a todos los judíos de su reino.  Cuando Mardoqueo se entera, le envía un mensaje a su sobrina, la reina Ester, pidiéndole que intercediera por los judíos;  pero Ester tenía miedo.  Nadie se acercaba al rey sin que el rey se lo pidiera.  Hacerlo le podía costar la vida.  Mardoqueo le insiste y le dice, “¡Quién sabe si no has subido al trono para una ocasión como ésta!” (Ester 4. 14b).

Entonces Ester le manda su respuesta a Mardoqueo indicándole que reúna a todos los judíos, que ayunen por tres días y tres noches, que ella y sus sirvientes harán lo mismo.  Después de ese periodo de tiempo, ella se presentaría ante el rey aunque él ordene su muerte.

Para hacerte un cuento largo corto, el rey escuchó a Ester y mandó a matar al funcionario que lo había engañado y le concedió a los judíos el derecho a reunirse y defenderse, a exterminar, matar y aniquilar a cualquier gente armada de cualquier raza o provincia que los atacara, incluso a sus mujeres y niños entre otras cosas.

Ester tenía miedo. Ella intentó quedarse callada ante la injusticia por temor a perder su vida, pero su tío le dice unas palabras que la hacen pensar:  “¡Quién sabe si no has subido al trono para una ocasión como ésta!” (Ester 4. 14b).

¿Cuántas veces no hemos tenido miedo de luchar en contra de una injusticia, de defender a un indefenso? ¿Cuántas veces el miedo no nos permite hacer el bien y por consecuencia toma control el mal?  ¿Y qué tal si tú estabas en ese lugar, viviendo ese preciso momento, porque era Dios quien te necesitaba allí para ser su voz, sus manos, sus pies?

Dios tenía un propósito para Ester que ni ella sabía.  ­¿Cómo se iba a imaginar una joven huérfana que iba a ser la reina del imperio y que la salvación de su pueblo iba a estar en sus manos?  ¿Te acuerda acaso la historia de otra joven quien a pesar de su miedo aceptó el plan de Dios y trajo al mundo la salvación por medio de su Hijo?

Si sientes que Dios te está llamando a trabajar para su reino, si tienes que tomar una decisión crucial, y tienes miedo, haz lo que hizo Ester.  Ayuna, ora y pídele intercesión a los tuyos.  Dios te dará la valentía y la sabiduría necesaria para hacer grandes cosas.

¡Quién sabe si fuiste llamada para una ocasión como ésta!

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