Isabel era una mujer de edad avanzada, probablemente había pasado la menopausia, y era estéril. La esterilidad en el tiempo de Isabel era considerada un castigo de Dios. La mujer estéril no era tratada como la mujer que había procreado. Eran repudiadas porque habían hecho algo para merecer el castigo de Dios. Sin embargo, Isabel, a pesar de su condición, no era repudiada por su comunidad. Al contrario, era una mujer bien respetada. ¿Quién era esta mujer?

El Evangelio de San Lucas nos dice que “…era descendiente de Aarón y se llamaba Isabel. Los dos (ella y su esposo Zacarías) eran rectos a los ojos de Dios y vivían irreprochablemente de acuerdo con los mandatos y preceptos del Señor.” Ella venía de una larga descendencia de sacerdotes, al igual que su esposo Zacarías. Ella soñaba con tener un hijo, pero parecía no estar en los planes de Dios para su vida. A pesar de eso, ella vivía irreprochablemente de acuerdo con los mandatos de Dios. Me imagino su tristeza al ver a las demás tener hijos y ella sin poder. Me imagino su dolor al ver quizás como otras, menos rectas a los ojos de Dios, quedaban embarazadas y ella no. Se sentía humillada.

Y, de repente, Dios le concedió lo que tanto ella deseaba. Imagínate a esta mujer de edad avanzada embarazada por primera vez. ¿Si has quedado embarazada alguna vez, te acuerdas de lo que sentiste cuando te enteraste de tu embarazo? Dios escogió a una mujer anciana, a una mujer estéril, a una mujer que se sentía humillada, a una mujer que había perdido toda esperanza de ser madre para hacer su milagro. Y Dios la bendijo con un hijo. Bendijo a su hijo desde su vientre. Lo llenó del Espíritu Santo y muchos se convirtieron por él. Él era Juan Bautista.

La historia de Isabel me recuerda que para Dios no hay imposibles. Él todo lo puede. Para Dios no hay personas de menor valor. Todas son hijos de un Rey. Para Dios lo físico no tiene limitaciones. Él todo lo hace perfecto. Para Dios no hay fetos sin derecho a la vida. Todos son hijos suyos hechos a su imagen y semejanza que valen más que el oro y la plata.

Isabel me ha enseñado que el no recibir lo que anhelo no es porque me está castigando, sino porque así Dios lo quiso. Me enseña a ser perseverante en mi fe, vivir una vida recta ante los ojos de Dios y ser obediente a sus mandatos. Quizás no conozca los planes de Dios en mi vida, pero basta con saber que soy hija de un Rey, que no tiene límites, que todo lo puede, que todo lo hace perfecto y para quien no hay imposibles.

Yo confío en Ti, Señor. No siempre entiendo lo que está sucediendo en mi vida. A veces, hasta me choca ver las cosas que suceden; pero, como Isabel, quiero vivir irreprochablemente y quiero seguir tus mandatos. ¡Gracias por la bendición de mis hijos! Te suplico por todas esas mujeres que desean ser madres y aún no les ha llegado su hora. Dales la fortaleza para seguir con fe. Te pido por los niños aún sin nacer. Bendícelos y protégelos de quienes le quieren quitar el derecho a la vida. Te pido por las mujeres de edad avanzada. Qué nunca les falte el amor de su familia, la compañía de sus vecinos, ni las oraciones de su comunidad. Amén.

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